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En su nombre llevan el sabor: Las “glorias”

En su nombre llevan el sabor: Las “glorias”

Conoce la historia de este delicioso dulce originario del Noreste de México. Si se prueba este dulce, se entenderá a la perfección su nombre.

Cuando un dulce se llama “gloria” en su nombre lleva impreso lo que provoca al que las prueba. Y es muy cierto, una gloria es un dulce delicioso, un pedacito del paraíso envuelto en papel rojo y con trocitos de nuez.

De esta delicia hecha en México hablaremos hoy y conoceremos su historia y cómo ha estado presente en nuestra gastronomía durante años.
La presencia de los dulces en nuestra cultura se remonta a la llegada de la caña de azúcar que fue traída por los españoles en la época del virreinato. En Orizaba se instaló el primer ingenio azucarero y este ingrediente empezó a ser amado por la sociedad de la Nueva España.

Empresas familiares han tenido a cargo la elaboración de dulces a través de los años. Es así como recetas de antaño pasan de generación en generación convirtiéndose en la más dulce herencia para sus descendientes.

En el Noreste mexicano, exactamente en Linares, Nuevo León tenemos un testimonio de una familia dulcera, que ha ganado fama y reconocimiento internacional gracias a la elaboración de las “Glorias”.

En dicho municipio, con alta presencia ganadera, el uso de leche de cabra es común, a partir de este producto se elaboran otros, entre los que destacan los dulces.

La historia cuenta que Natalia Medina y Melesio Pérez, dos vecinos de la ciudad, montaron un negocio de marquetas (dulces de leche de cabra) en 1932. Con el tiempo se separaron y Natalia fundó la dulcería La Salamanca, en la que inventó un producto nuevo, más accesible y glorioso: las glorias. Del por qué del nombre no se sabe, se cree que Doña Natalia nombró a este dulce gloria, porque así se llamaba su nieta.

Las glorias, un verdadero placer para el paladar

Las glorias, de textura única y muy dulce sabor se preparan de la siguiente forma: primero se pone a hervir la leche y al primer hervor se añaden el azúcar y las especies dulces; a los 10 o 15 minutos se agrega el bicarbonato. Entonces se baja la flama y se continúa hirviendo sin dejar de mover la mezcla que poco a poco se irá haciendo espesa.

Cuando ya ha dado el punto, el cazo se retira del fuego y se deja enfriar hasta que la leche pueda ser tocada con el dedo sin quemarse. Es importante encontrar el punto en el hervor, porque si se pasa, la leche tomará un sabor a quemado o ahumado y quedará inservible; por el contrario, cuando no se llega al punto, toda la mezcla queda algo aguada y por lo tanto no tiene la consistencia adecuada.

Una vez lista la mezcla, se vacía en recipientes que son llevados a una larga mesa donde laboran dos personas. Una de ellas, con dos cucharadas en mano, quien hace las bolitas donde las toma otra empleada para agregarles un corazón de nuez o bañarlas en nuez molida o canela, hasta finalmente envolverlas en papel celofán preferiblemente de color rojo.


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