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Los trastornos de la conducta alimentaria
Los trastornos de la conducta alimentaria

Los trastornos de la conducta alimentaria

Introducción – El amor alimenta nuestra autoestima
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Recetas de comida, botanas, postres, ensaladas y mucho más, y los mejores consejos de nuestros chefs, nutriólogos y coaches

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Mucho nos preocupa cuando oímos hablar de los problemas de sobrepeso que padece nuestra juventud e infancia mexicanas. Y es verdad, la situación es gravísima, pero por desgracia, la realidad es que nuestros problemas de alimentación rebasan a los relacionados con los excesos y se bifurcan en muchos sentidos.

En esta ocasión dedicaremos esta columna, durante casi un mes, a hablar de los trastornos de la conducta alimentaria, esas condiciones que tanto hacen sufrir a un porcentaje pequeño, pero creciente y significativo, de nuestra población. Y sobre todo de los más jóvenes, ya que dichos trastornos los encontramos en personas desde los 10 años, y sobre todo en las mujeres desde la adolescencia hasta el final de la vida reproductiva.

Los trastornos de la conducta alimentaria son una serie de alteraciones en la ingestión de alimentos, en el manejo del balance energético en el cuerpo, en el manejo del ejercicio y la actividad física. Se trata de conductas en las que uno se autocastiga, se limita en la ingestión de alimentos y se siente culpable por comer de más, por la forma en la que percibimos nuestro peso corporal y nuestra apariencia, y por la forma en la que nos relacionamos con los alimentos.

Y aunque todos alguna vez en la vida nos sentimos mal por haber comido de más o nos castigamos por los atracones que nos damos. Cuando estos pensamientos controlan la existencia y cuando no podemos manejarlos, es cuando se considera que la situación rebasa lo normal y uno está sufriendo un trastorno.

Estos trastornos no son situaciones que deban tomarse a la ligera ni que el sujeto pueda controlar con la voluntad. Se trata de problemas psicológicos y alimentarios graves, de por vida, que se pueden llevar con ayuda de un equipo multidisciplinario que debe de incluir nutriólogo, psicólogo, especialista en actividad física y muchas veces también psiquiatra, terapeuta familiar o de pareja y otros especialistas, pero que no se pueden erradicar o desparecer y que quedan latentes en el subconsciente de la persona, y que mal controlados no son sólo graves sino pueden llevar a la muerte.

Los trastornos de la conducta alimentaria tienen más que ver con nuestro autoconcepto que con nuestra dieta. El dejar de comer, darse atracones y luego castigarse o hacer ejercicio de forma excesiva no son más que el síntoma de un autoconcepto distorsionado. Y por eso es tan importante ayudar a los más jóvenes a construir un autoconcepto correcto.

La clave para prevenir trastornos de la conducta alimentaria en nuestras familias y de proteger a nuestras niñas de estas situaciones tan riesgosas está en la construcción de la conciencia de sí, que cada uno de nosotros tiene. Es importantísimo que desde pequeños, pero sobre todo en la adolescencia, cada uno de nosotros sienta que su cuerpo es único e irrepetible, valioso como la maquinaria que nos permite vivir la vida y estar aquí; que somos queridos, aceptados y apreciados por lo que somos y no por cómo nos vemos ni por los logros o éxitos que conquistemos.

En la medida que construyamos un autoconcepto correcto y una autoestima grande podemos aceptarnos a nosotros mismos y amarnos como somos, antes de tratarnos de transformar.
El mejor regalo que una familia le puede hacer a un niño o a una adolescente es hacerlos sentirse queridos y aceptados sin importar sus logros ni sus éxitos, sin hacer énfasis en su belleza ni su peso corporal. Alguien que se siente querido y apreciado puede quererse y aceptarse a sí mismo como un ser único e irrepetible y como una persona valiosa.

Desprenderse del apego a la apariencia física y de la esclavitud a la báscula y sus exigencias en esta sociedad es importantísimo en esa etapa de la vida. Claro que es importante verse bien y lucir lo mejor posible, pero darle todo nuestro valor a la apariencia es otra cosa.

Por eso, trabajar en la autoestima de nuestros hijos y la nuestra propia, construir un autoconcepto sano, deberían de ser metas impostergables y parte esencial de nuestras rutinas cotidianas.

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